Dos libros, dos librerías

Llegaron juntos  y juntos (mezclados, separados, apartados, bien mirados, mal avenidos a veces) me contaron dos historias de dos libreras que, en un momento crucial de su existencia, se enfrentaron a fuerzas que ven en la cultura y el pensamiento, un enemigo.

Una sufrirá la violencia sin límites del nazismo. La otra luchará contra la arrogancia de quienes no permiten que nada escape a su control, ni siquiera en una pequeña comunidad tradicional.

Penélope Fitzgerald, La librería, (Impedimenta), y Françoise Frenkel, Una librería en Berlín, (Seix Barral), transforman la apertura de una librería en dos historias de lucha y resistencia.

Fitzgerald crea en La librería una pequeña intriga a partir de la venta de la polémica —y prohibida en su momento— primera edición de Olympia Press de Lolita, de Novokov, libro que actuará como detonante del final de la novela.

Por su parte, en el prólogo de Una librería en Berlín, Patrick Modiano dice que en La dádiva, «… última novela que Nabokov escribe en ruso y que es el adiós a su lengua materna, hallamos la descripción de una librería que debía de parecerse a la de Françoise Frenkel…», porque el escritor vivió en el mismo barrio donde estuvo ubicada la librería de Frenkel.

Con libros de segunda mano y biblioteca, ambas librerías se parecen. Incluso, se parecen en lo esencial: son espacios de resistencia. Pero aquí se terminan las similitudes entre ambos obras.

Una librería en Berlín fue la primera y única novela de Frenkel. La existencia misma del libro y su descubrimiento merecen un relato aparte, ya que para realizar la edición actual fue necesario que, en 2015, alguien hallara un ejemplar de la primera —y única— edición de 1945 en una librería de viejo de Niza.

Publicada por primera vez en 1978, La librería es la segunda novela de Fitzgerald. Finalista del Booker Prize, en mi opinión tiene más fuerza y es más original que A la deriva, la tercera de sus siete novelas, y con la que, un año después de La librería, Fitzgerald conseguiría el preciado galardón. Tal vez el público anglosajón haya valorado más su tema: la vida de un grupo de personas en las barcazas del Támesis durante la década de los 60 del siglo XX.

La librería ya tiene adaptación cinematografica, (The bookshop, Isabel Coixet, 2017). Una librería en Berlín espera la suya. Si llega, habrá que verla, porque la historia tiene fuerza. Mucha. Es su atractivo. Una historia de amor por los libros que se inicia en la infancia de la protagonista —antes de la Primera Guerra Mundial—, y culmina con una librería fuera de tiempo y lugar, en el Berlín de los años 20 del siglo XX. El sitio menos indicado para una chica judía amante de la cultura francesa. A partir de allí, la historia araña desesperadamente la libertad a través de los horrores de la Segunda Guerra Mundial.

El atractivo de La librería es la escritura de su autora, su manera de estructurar y desarrollar la lucha de una mujer sola que, en 1959, trata de recuperar el oficio de su juventud y para ello se enfrenta a las estrecheces de miras, los celos y el afán de control de quienes, más allá de instituciones y formalidades, ostentan el poder —el real—.

Frenkel falleció en 1975. Fitzgerald, en 2000.

La lectura conjunta me permitió saborear similitudes y diferencias e interpretarlas en clave siglo XXI, cuando las librerías independientes ya son auténticas trincheras culturales, espacios de resistencia donde encontrar, vivir y compartir… mucho más que libros.

La librería es una novela para disfrutar de la literatura. Una librería en Berlín estremece.

Una librería en Berlín, 1921

Françoise Frenkel nació en Polonia, en 1889, y al igual que la protagonista de su novela se enamoró del oficio de librera en sus días de estudiante parisina:

«Conseguía desentrañar un carácter, un estado de ánimo o un pensamiento solo por el modo casi tierno como cogían un volumen, por la delicadeza con que pasaban sus páginas, por cómo las leían piadosamente o las hojeaban a toda velocidad, sin prestar atención, poniéndolo enseguida otra vez sobre la mesa, a veces tan descuidadamente que llegaba a estropearse esa parte tan sensible que son las puntas».

Un amor por los libros que, junto con su pasión por la cultura y el pensamiento francés, la llevaron a abrir, a principios de los años 20 del siglo XX, La Maison du Livre Française a Berlin, primera librería francesa de la capital alemana. En el proyecto también participó — aunque no aparezca en la novela—, su marido, Simón Rachenstein, un judío ruso blanco que estudió en París, como ella. En 1933, Rachenstein regresó a la capital francesa en busca de refugio ante la expansión del nazismo, pero en 1942 fue deportado, primero a Drancy, y luego a Auschwitz, donde ese mismo año murió.

No obstante, solo las treinta y dos páginas del primer capítulo, «Al servicio del pensamiento francés en Alemania», están dedicadas a la librería, a la lucha contra los índices de libros prohibidos, los problemas de divisas, los controles y los ataques a los negocios judíos, hasta que, finalmente, también la protagonista-autora decide regresar a Francia con la única compañía de un baúl. Un baúl que será confiscado por los alemanes en París y por el que, a finales de los años 50, Frenkel recibirá una compensación económica. Andanzas de un baúl que, no solo están documentadas, sino que algunas aparecen también en la novela.

Relatada en primera persona, la pérdida de la librería es uno de los momentos más dolorosos de esta novela, más aún que la guerra que se aproxima:

«Buscaba junto a mis libros un poco de consuelo y de valentía.
Y de repente oí una melodía infinitamente delicada… Procedía de las estanterías, de las virinas, de todas partes donde los libros vivían su misteriosa vida.
Y yo estaba allí, escuchándola…
Era la voz de los poetas, su fraternal consuelo a mi gran angustia. Habían oído la llamada de su amiga y se despedían de la pobre librera desposeída de su reino».

A partir del regreso de la librera a París, la novela se convierte en una experiencia de supervivencia, testimonio de un peregrinaje por la Francia ocupada, un exilio que se vuelve amenaza permanente, ya que a medida que la protagonista se aproxima a la libertad, el cerco del absurdo que recorre Europa se cierra sobre ella.

«Así empezaron para mí, bajo un cielo lluvioso, los días infinitamente sombríos de la nueva guerra».

Los libros la acompañan durante las interminables colas en busca de documentos o comida, son nostalgia, grito de protesta o vano intento de evasión. Y en más de una ocasión, el recuerdo de la librería francesa que abrió en Berlín parece rescatarla.

La novela avanza por los territorios efímeros de los refugiados, como ese hotel de Niza donde se acumulan, durante un tiempo suspendido entre una promesa y el horror, las esperanzas y desesperanzas de judíos ricos del norte, indios de la India y desamparados de cualquier sitio, en un trueque permanente y una apuesta a todo o nada que recuerda a Casablanca —y vergonzosamente a nuestro siglo XXI—, y que solo encuentra un escape en la solidaridad de los franceses libres.

Frenkel se exilia en Suiza, y en 1945, una pequeña editorial, Éditions Jeheber, publica su libro con el título Rien où poser sa tête (Nigún lugar donde descansar la cabeza), más apropiado para una novela que bebe de la experiencia y el documental, que Una librería en Berlín, porque si bien la librería actúa como desencadenante, es la vida de los refugiados lo que guía la novela y la convierte en un testimonio de guerra. Así lo reconoce Frenkel en el prólogo de aquella edición de 1945 —reproducido en la actual—, y que está fechado «en Suiza, a orilla del lago de los Cuatro Cantones, en 1943-1944», con esa imprecisión en los datos vitales que caracteriza esta obra escrita en tiempos tenebrosos.

«Es deber de los supervivientes rendir testimonio con el fin de que los muertos no sean olvidados ni los oscuros sacrificios sean desconocidos… Dedico este libro a los HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD que, generosamente con una valentía inagotable, opusieron la voluntad a la violencia y resistieron hasta el final».

Una nota inicial anuncia que la obra es la original, sin modificaciones, excepto, la actualización de expresiones en desuso (y el titular, aunque esto no lo avisa la nota). Una cronología final, acompañada de un dossier con fotografías y documentos de la época, confirman su función testimonial.

Finalizada la guerra, Frenkel regresó a Niza, donde había pasado gran parte de su exilio, donde encontró amigos, solidaridad y ayuda, y donde murió.

La librería de Hardborough, 1959

Penélope Fitzgerald, nacida en 1916, en Inglaterra, construye en La librería una historia ágil y atractiva, basada en el deseo de Florence Green, su protagonista, de rehacer su vida abriendo una librería en Hardborough, un pequeño pueblo costero del este de Inglaterra. Aparentemente.

En realidad, Fitzgerald escribe sobre una guerra, una guerra de pueblo chico capaz de desatar un gran infierno. Una guerra sutil, silenciosa y ramificada, casi una partida de ajedrez con un tremendo poder de destrucción. Una lucha desigual entre dos mujeres, una de ellas representa el poder, del sistema y las prerrogativas dominantes, y la otra avanza detrás de sus sueños a contracorriente, a contratiempo y en contra de lo establecido.

«Resumiendo, se había engañado a sí misma al dejarse convencer, por un momento, de que los seres humanos no se dividen en exterminadores y exterminados, y que los exterminadores tienden a colocarse en la situación dominante en cuanto pueden».

La librería se lee sin descanso, disfrutando de una escritura con recursos que poco a poco va abriendo otro nivel de interpretación. Discurre sobre los problemas de una mujer de más de cincuenta años, viuda, obligada a convencer a toda una comunidad —sobre todo a los poderes de esa comunidad—, que entiende de libros, que es capaz de llevar un negocio, que se siente con fuerzas y ánimos para hacerlo, que su vida no ha terminado aún y que una librería en un pueblo —que no tiene ninguna—, además de necesaria es una buena idea. Y los contrasta —fríamente— con la vida, la forma de actuar y de pensar de la mujer más poderosa del pueblo.

«Dicen por ahí que está usted a punto de abrir una librería. Eso significa que no le importa enfrentarse a cosas inverosímiles».

Fitzgerald avanza rápido. Descubrimos el conflicto en el primer capitulo, antes de que Florence Green compre una vieja casa —encantada, por supueto— que se convertirá en su hogar y en su librería, y en el segundo capítulo conocemos ya a su antagonista. A partir de allí nos deslizamos por las mezquindades de una pequeña localidad anquilosada entre las mareas de usos y costumbres que nadie quiere ni se plantea cambiar. Florence no pertenece a Hardborough. Y aunque cree haber encontrado su lugar, el pueblo entero se revolverá contra ella.

«Deje que le diga lo es que admiro del ser humano. Lo que más valoro es la virtud que comparten con los dioses y con los animales, y que, por tanto, no debería considerarse una virtud. Me refiero al coraje. Usted, señora Green, tiene esa cualidad en abundancia».

¿Puede ser dueña de su destino una mujer de cincuenta años, sola, en la década de los cincuenta del siglo XX? ¿Tiene armas para enfrentarse al paternalismo, la pena o la conmiseración que despierta entre sus vecinos, acostumbrados a roles estancados y tan destructores como las humedades que abundan en un pueblo costero? ¿Acaso puede presentar batalla contra el poder establecido, el mismo que sostiene un sistema que dice que ella, como mujer, mayor y sola, es mejor que se retire a descansar?

Fitzgerald no plantea estas preguntas —directamente—, pero afloran entre las páginas de su novela como manchas de humedad. ¿Está preparado Hardborough para que una mujer como Florence tome las riendas de su vida, del negocio y hasta de los libros que se leerán en el pueblo? Ella se siente preparada, pero el desafío es importante. Si ser una mujer y viuda (de cincuenta años), ya es difícil, creer que puede enfrentarse a la voluntad de los poderes fácticos —y ganar— es un atrevimiento imperdonable. Y aunque Florence consigue algún aliado, la suerte y la vida son esquivas.

«—Yo no le doy tanta importancia como usted, supongo, a las nociones del bien y el mal. He leído Lolita, como usted mi pidió. Es un buen libro y, por lo tanto, debería intentar vendérselo a los habitantes de Hardborough. No lo entenderán, pero será mejor así. Entender las cosas hace la que la mente se vuelva perezosa».

Hay algo terrible en el desenlace de esta novela, una sensación de estupor, de vergüenza y, a la vez, de injusticia, ante una lucha desigual de dos mujeres que pondrán en juego todo lo que tienen a su disposición para alcanzar sus objetivos. Este enfrentamiento femenino es algo bastante conocido entre las mujeres (de todas las edades). Y uno de los aspectos más interesantes de la novela. En especial, porque fue escrito por una mujer de más de sesenta años, durante la década de los setenta del siglo XX.

La libreria es, también, un libro sobre la soledad. No solo la de Florence y la de otras mujeres como ella, sino la de algunos hombres poderosos, pero honestos; la soledad vital de los momentos decisivos, o la aburrida soledad de las personas y comunidades que se entregan sin luchar a lo que ya se ha escogido para ellas o se considera inevitable. Tal vez por eso se sigue leyendo tan bien, más de cuarenta años después de haber sido escrito.

En cuanto a la película, no la he visto. El libro me gustó lo suficiente como para no arriesgarme a ese otro punto de vista o de interpretación que siempre es una película con respecto a una novela. Además, Coixet no figura entre las directoras que despiertan mi interés, así que decidí conservar todo lo que me había ofrecido La librería sin más perspectivas personales sobre ella.

Gracias por leer.

Penelope Fitzgerald, La libreríaTraducción de Ana Bustelo. Impedimenta
Françoise Frenkel, Una librería en Berlín. Traducción del francés de Adolfo García Ortega. Seix Barral