La carretera viajaba cochambrosa junto al río de arena. «Si alguna vez lleva agua, debe ser temible», pensó abrumado por la siniestra belleza de aquel paisaje agonizante. El calor apaleaba la tarde y él lo combatía con un pañuelo empapado en un cansancio viejo y gastado.

Ella apareció de repente, desde algún sofocante rincón de los abismos, ya que hacía horas que el tren no se detenía en ninguna parte. Y cuando salieron del túnel, estaba sentada frente a él. Solos, los dos, en medio de un vagón desolado y desnudo. Tal vez unas palabras hicieran más soportable la incomodidad…

Ahora, fumando su amargura en una celda infame, tenía una muerte por delante para arrepentirse de haberse dejado ahogar en el deseo suicida de aquellos ojos, aquella boca, aquellas piernas, tanta perversidad…

© Hebe Prado 2013