Teníamos veinticinco años y no nos amábamos. Nos deseábamos con el deseo prohibido de compartir algo más que tres o cuatro veranos de infancia. Y nos miramos, bailamos y nos dejamos separar por un océano de silencios. Pero una noche, en el margen del tiempo, la vida y los rostros compartidos, volvimos a mirarnos sin ver que no era amor sino pasión añeja, maloliente de olvidos, pérdidas, una distancia infinita y una soledad sin nombre. «No se miente en las pasiones», me dijo alguien entonces, y sin embargo, nos mentimos a los veinticinco cuando nos negamos el deseo y unas vidas después, nos mentimos de nuevo, dibujándonos enamorados de un sueño que no fue.

© Hebe Prado 2014