Tomar un café en el momento más triste de la tarde, cuando el cielo se pone los colores más bonitos del día. Buscar en el sabor amargo, endulzado por las luces navideñas, el rescate de las horas perdidas. Sentir que la ventana del café —expuesta y a la vista—puede arrancarte las ganas de seguir. Y se levantó, pagó, volvió a abrigarse con su vida de siempre y regresó a su oficina.

© Hebe Prado 2016

 

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