Había perdido un sueño. Y eso que nunca se le escapaba ninguno. Por algo era el único fabricante de sueños ajenos que ofrecía total seguridad y máxima garantía de recordación, con un altísimo ratio de convertibilidad en posibles cumplimientos y realizaciones vitales. Pero la cara, la imagen, la vida de aquella mujer le fascinó tanto, que cuando tuvo que crear sueños para ella, lo único que pudo hacer —supo y quiso—, fue dedicarse a soñar sus propios, personales, intransferibles sueños que prometían felicidad para siempre entre perdices. Y de los que aquella mujer era la protagonista absoluta, por supuesto.

© Hebe Prado 2014