Cuadragésimo día de la vida interrumpida

Abro, por primera vez, uno de los libros de la biblioteca que quedaron confinados conmigo y entre sus páginas encuentro el tique de la panadería-bar donde me gustaba ir a tomar café. Una esquina amplia, cómoda, decorada con el eclecticismo del coleccionista de cartón piedra, donde las lámparas de cristal eran de plástico, las maquetas de barcos, falsas, las chimeneas de mentira y los chesterfield de escay. Pero la abundancia de maderas (auténticas unas, otras no) y de verde inglés de pega me atraía, tanto como ese aire clásico que, aunque impostado, conseguía que el café tuviera mejor sabor.

El tique era de la víspera de mi cumpleaños. Un mes antes del confinamiento. Hace dos meses y once días. Dos meses de vida interrumpida. Ahora, pertenece a mis recuerdos, representa lo que ya no volverá. 

Cuando pueda regresar a esa panadería-bar –si regreso–, la barra de madera oscura tendrá una pantalla de metacrilato, habrá la mitad de mesas —siempre encontraba dónde sentarme y casi todos los sitios eran diferentes, aunque tenía mis preferencias, claro—, también estarán separadas por metacrilatos y yo y las camareras y los demás clientes llevaremos guantes de plástico y mascarillas y nos controlarán desde nuestros teléfonos y nos lanzaremos miradas aprensivas calculando quién podría contagiarnos y quién no, y aunque tengamos muchas ganas de un café en un bar, lo tomaremos rápido y volveremos a la calle para seguir midiendo distancias y ansiando, ¡cuanto antes!, regresar al búnker seguro donde hemos pasado tantas horas, tantos días, síndrome de la cabaña, leo que lo llaman. Agorafobia, lo han llamado siempre. Los tranquilos placeres del mundo exterior, de la calle, del encuentro con desconocidos, ese pasear sin rumbo ni final, las terrazas, durante mucho tiempo (¿para siempre?) serán vida de otras vidas.

Hoy todos somos sospechosos. Todos sospechamos. Todos somos culpables de inclumplir alguna recomendación, o de seguir vivos, de no haber sido contagiados, de no ser trabajadores esenciales y no haber estado expuestos a la toxicidad que nos habría convertido en héroes. Todos somos carne de control y represión. Todos somos cifras... y deberemos ¡ay! morir, morir.

Desde Italia —que recibió el golpe unos días antes— nos llegó una de las bandas sonoras de estos días, Nessum dorma, del Turandot de Puccini. ¿Tal vez porque esta ópera quedó interrumpida —como esta vida nuestra— por la muerte de su autor? ¿Porque canta a la muerte, sí, —e noi dovrem, ahimè, morir, morir—, pero también al silencio, al amor, a la esperanza? ¿O porque termina con un grito de victoria? All’alba vincerò, vincerò, vincerò…

© Hebe Prado 2020

«Nessum Dorma», aria, Acto III, Cuadro I, Turandot, ópera inconclusa de Giacomo Puccini, con libreto de Giuseppi Adami y Renato Simoni, completada por Franco Alfano. Estreno: 25 de abril de 1926, La Scala, Milán, dirigida por Arturo Toscanini.

Versión de Luciano Pavarotti, Los Ángeles, 1994. Orquesta Filarmónica de Los Ángeles y Coro del Music Center Opera de Los Ángeles, director Zubin Mehta