La nueva carcajada silenció su desesperación. Desde cuándo una puerta…

Se sentó en el dintel. Tantos años… Las maderas, ¿o los goznes?, crujían de risa. Giraba un poco la cabeza, estudiaba la puerta cerrada, escuchaba… El viento. Y cuando volvía la mirada hacia el camino, la puerta sonreía y se burlaba otra vez. ¿Podía… impedirle la entrada a las tristezas de su infancia… la puerta de una casa en ruinas?

«Como si todavía vivieran», pensó, pero hacía meses que habían muerto, por eso estaba allí, para decidir si destruía lo que quedaba de sus vidas o lo convertía en reliquias de algún culto familiar. La puerta reía.

Hurgó entre sus recuerdos y desgranó los últimos años que sus viejos pasaron en el pueblo, muriéndose poco a poco porque se negaban a que este pueblo, que se deshacía casi más rápido que ellos, muriese solo. Pero el pueblo —o lo que quedaba de él— seguía allí. Sus padres, no.

A su espalda, el corazón de la cerradura se activó. Un gruñido de maderas viejas y un soplo de aire antiguo le enviaron una invitación. Miró la vieja llave, miró el camino, en realidad, no había razón para entrar más allá de las culpas conocidas. Recordó la sonrisa de su padre, el peinado de su madre… (no los había visto morir)… y entró.

Los objetos vencidos, las penas de siempre, sueños rotos… saludaron el reencuentro. Acarició rencores, recuperó temores… La puerta no reía. Pero le pareció oír un suspiro de alivio.

Y mientras recorría los horrores de la ausencia, comprendió. No fue el amor por esta casa con olor a encierro, ni la costumbre de vivir en un pueblo que se perdía en el tiempo, lo que impidió que los viejos se marcharan. Tampoco el miedo a una desconocida libertad. Y comprendió también que acababa de entrar en la prisión de una puerta que reía porque ¡al fin! el pueblo tenía una persona —¡una!— para poder alimentarse y seguir viviendo… un poco más.

© Hebe Prado 2019

Barbarà de la Conca, Tarragona. Hebe Prado