La chica descubrió su mirada, frenó su movimiento y le ofreció el asiento. El vagón no iba muy lleno, solo lo suficiente para ahogarse un poco.

La sorpresa sacudió su mirada, fabricó una sonrisa triste y negó con la cabeza, pero se dio cuenta a tiempo y la sonrisa triste articuló: «Gracias». La chica —muy joven— se acomodó en el asiento, descansada y sin culpas.

No era la primera vez, pero sí la primera en el metro. Era más habitual en un café, en una tienda… en la calle… Esta vez se preocupó. Su mirada —casualmente apoyada en el asiento que aquella chica quería ocupar— la había puesto en evidencia, a la chica, que se sintió obligada a ayudar o a colaborar —era tan joven…— ante la vista de sus penas desnudas. Tal vez.. Debería empezar a controlar mejor su mirada.

© Hebe Prado 2019