El habitante de la soledad emerge entre la niebla mientras las últimas hojas de otoño se desploman, vacías de fuerzas y esperanzas. Sabe que en unas horas más, el sol derrotará la niebla y le devolverá la sensación de estar vivo. Hasta entonces, atraviesa su propio silencio con la cabeza gacha, estudiando la punta de sus tristezas con ojos desnudos de recuerdos, hambrientos de sonrisas.

Del corazón de la niebla, surge una forma oscura. El habitante de la soledad trata de adivinar su contenido. La forma es esquiva. Se disuelve en jirones de bruma. Decepcionado, abandona su curiosidad. Demasiado esfuerzo para sus pensamientos gastados. Continúa. Exhausto. Unos pasos más y habrá llegado a su destino: un café tan pobre de alegrías como él, un rincón oscuro y manchado, una mentira piadosa con el sabor amargo de un brebaje mal hecho, de un aroma quemado. Entonces, la puerta del café se queja por segunda vez y la forma oscura de la niebla se revela en un cuerpo de mujer que, sin dudar ni preguntar, se acerca a su mesa y le dice: «Vámonos, el invierno avanza… Tu tiempo de soledad ha terminado».

© Hebe Prado 2013