A pesar de las arrugas, el café conservaba su misterio original. Decadente, algo destartalado, despintado y alejado de los circuitos de moda, sus mesas invitaban al fracaso y la derrota. Por eso lo eligió. Necesitaba esconderse de las deudas, los deudores, un desahucio previsible y el raudal de las noticias tristes que acompañan al mal tiempo. Necesitaba tomar decisiones. Sus opciones no eran muchas. Y  ninguno de sus probables resultados le gustaba. Tenía que encontrar algún camino, alguna forma de escapar, era imposible que todas las puertas se mantuvieran siempre cerradas para él. Daría cualquier cosa por…

Por eso tampoco le extrañó que al regresar del servicio de caballeros, los hombres con los que se cruzaba fueran tocados con sombreros, que las lámparas y maderas del café hubieran recuperado su brillo original, que las mujeres estuvieran decoradas con enrevesados y generosos metrajes de tela, que la electricidad del tranvía se hubiera transmutado en un tiro de caballos, que los coches avanzaran indecisos entre ser un carro o una máquina de vapor, y que el empedrado de la calle complicara el caminar.

Volvió a su sillón, miró la portada del periódico que había dejado junto a la taza de café: 4 de junio de 1892. «Fin de siglo y Belle Époque», pensó. «Al menos, disfrutaré de unos cuantos años de tranquilidad antes de que empiece la Gran Guerra».

© Hebe Prado, 2015