Llevaba la soledad del domingo por la tarde entre los ojos y la vergüenza, encogiendo su silencio para no alterar las alegrías del ocio compartido. Su mirada pedía perdón, tantos sueños no cumplidos, tantos imposibles que borrar, tantas ganas olvidadas… El metro sacudía y horadaba el aburrimiento mientras el aroma a soledad que desprendían sus ropas iba impregnando el vagón, empujando las risas, traqueteando las ansias.

Ella reconoció el olor y lo miró. Una vez. Se escanearon. Una oportunidad. Ella desvió la mirada. Tanta soledad junta, resultaría aún más dolorosa.

© Hebe Prado 2014