A diferencia de sus abuelas, no le hacía falta meter las piernas en agua dulce, ni negociar con bruja alguna los hechizos que la ayudaran a parecer humana, obligándola a aceptar, a cambio, silencios, ocultaciones, muertes u otros precios humillantes. A ella le bastaba sacarse esa parte de su anatomía, propia de su medio natural, y guardarla hasta que volviera a sentir el instintivo, irrefrenable, indispensable impulso de nadar. Como quien se cambia de vestido. Y segura en su secreto, disfrutaba de las delicias urbanas. Sin embargo, aquella vez… la mirada de un vecino, su artilugio capturador de imágenes… ¿Cómo continuar? ¿Cómo arriesgarse a los curiosos, los chismosos y los medios (aún no había aprendido a encontrar las diferencias)…? Tal vez, ¿una mudanza? Justo ahora que empezaba a disfrutar de su vida de mujer. ¿Por qué se le ocurriría lavar y colgar su cola en el patio de vecinos?

© Hebe Prado 2015