Se apuntó a aquel curso más por curiosidad que por auténticas ansias de aprender. Siempre había disfrutado de cualquier actividad o deporte acuático, pero eso de nadar como una sirena… primero se puso a reír con ganas, después se sintió intrigada, y, finalmente, empujada por las amigas, se apuntó ella también. Todas las tardes, al terminar las clases, lavaba en agua dulce su cola de neopreno y la colgaba en el tendedero. «Mi vestido de pez», pensaba, mientras acariciaba los dibujos tornasolados que imitaban escamas y brillaban de forma seductora. «Son más bonitos bajo el agua», dijo, y se emocionó. Por eso, el último día de clase, no le extrañó sentir aquellas ansias de continuar nadando hacia el profundo azul detrás de un banco de atunes, guiada por los rayos del sol, y sintiendo como su cola de pez la impulsaba y la llevaba cada vez más abajo, más abajo, entre brillos de escamas y revoloteos de aletas. «Espero que me guste comer peces vivos», fue lo último que consiguió pensar su cerebro humano.

© Hebe Prado 2015