Bailaban y el mundo entero frenaba y los miraba. Tal vez porque su amor era tan intenso que… ¿Quién no querría sentir, vivir, bailar… en su lugar? ¿Qué sabor tiene la perfección? ¿Cómo entenderse solo con el tacto, el movimiento, la mirada? Hasta las lenguas más voraces y asesinas callaban sorprendidas. Aunque él amara a otros hombres. Y ella también.
Un día, tropezaron. Y algo en el amor se rompió. Sus pasos dejaron de girar, la distancia creció, el baile se acabó y el mundo entero respiró sin ansias ni preguntas y continuó rodando tranquilo en la estupidez de su rutina mientras las lenguas chasquearon yasabíamosqueasínopuedeser y siguieron infestando el aire con sus convenciones baratas de todos los días y sus palabras vacías, envidiosas y ciegas. Lo extraordinario había dejado de existir. Ya no quedaba nada que mirar.

© Hebe Prado 2014