El aire huele a tomillo, a pino, a romero. No puedo olerlo, pero sigo caminando. Veo entonces que el aire huele a mariposas volando, a viento, a libertad. Y camino mirando mariposas que bailan, bellas e ignorantes de las tristezas humanas.

El aire huele a resina, a flores, a tierra, a pájaros criando, porque al aire le interesan las cosas importantes. No le preocupan las penas y pestes humanas.

Y mientras camino, oigo que el aire huele a fresco, a corzo que pasa saltando sin detenerse ni sonreírle a mi cámara. Ha olido a humana y no puede arriesgarse.

El aire sigue perfumado a retama, a alverjilla, a vida, pero nuestro desinterés por la vida no humana, nuestro desprecio por lo que no podemos poseer, no nos deja disfrutarlo.

A la primavera no le importa. Continúa allí, en el aire, en la tierra, respirando alegre y sana, más fuerte que nosotros que después de habernos sentido invencibles, seguimos sin poder vivirla, mientras nos vamos pudriendo por dentro.

No importa. El aire, la tierra y las mariposas, no nos necesitan.

© Hebe Prado

Huerto de la ermita de Sant Bartomeu de Cabanyes, Òrrius, Barcelona. Hebe Prado