Los jardines de Irene Polo

Las tipas florecidas

Alquilé mi apartamento más por las facilidades que por el precio (abusivo, como la mayoría de alquileres de Barcelona), o por las características (pequeño, poco iluminado y con un monstruo de muchos pisos mirándome de frente).

Lo que no tuve en cuenta —y ahora agradezco todos los días—, fue el jardín por el que entro y salgo y que aligera muchas horas. Cuando llegué, las ramas de las tipas del jardín se acercaban a mi balcón. Hoy lo sobrepasan.

Los mediodías laborables, el jardín es mesa de tapers para empleados de empresas cercanas, por las tardes es el parque de las niñas y los niños del barrio y en las noches de invierno, me regala el placer de entrar a casa atravesando sus silencios que acortan la distancia entre el frío y la calefacción. Un pequeño lujo de ciudad.

Nunca pensé en el nombre del jardín, hasta que un día, al cruzar una de sus puertas, levanté la vista y leí: «Jardins d’Irene Polo i Roig, Barcelona 1909, Buenos Aires 1942. Periodista republicana».

Me gustó.

«Mi» jardín llevaba nombre de mujer. De una periodista (estudié periodismo). Republicana (soy republicana por nacimiento). Pionera, porque fue una de las primeras mujeres periodistas de Barcelona. Y murió en Buenos Aires, capital de mi país de origen. La tipa es un árbol de Sudamérica que, en primavera, alfombra de amarillo muchas calles de Buenos Aires. Y el jardín de Irene Polo estaba habitado por tipas. Tipas como las que, con toda seguridad, la vieron caminar tristezas y añoranzas por un mundo y una Barcelona perdidos.

Investigo.

El Ayuntamiento de Barcelona decidió rescatar del olvido a Irene Polo y la escogió para darle nombre a este jardín. Quiero más.

Solo seis años

Irene es esquiva.

Encuentro webs, uno de sus artículos, recuerdos de periodistas que la conocieron y un libro: La Fascinació del Periodisme (Cróniques 1930-1936), que reúne gran parte de su obra periodística. Un trabajo de investigación realizado por Glòria Santa-Maria y Pilar Tur y publicado por Quaderns Crema, que incluye un resumen biográfico. Gran parte de la información que encuentro en internet se basa en este libro. Lo consigo.

Irene fue pobre.

Su infancia transcurrió en el Poble Sec, barrio obrero de Barcelona que empezó a edificarse a partir de 1858 a medida que crecía la actividad fabril de la ciudad —y la riqueza y los conflictos—, desplegándose entre la montaña parque de Montjuïc, el puerto y l’avinguda del Paral·lel, ese Montmartre barcelonés que a principios del siglo XX convocaba a artistas, burgueses y bohemios a llenar teatros, cabarets, salas de baile, bares y prostíbulos reuniendo, como el Montmartre parisino, todos los extremos en un estrecho territorio. Quizás haya sido este paisaje familiar lo que impulsó a Irene a iniciarse en el periodismo con reportajes y entrevistas sobre el cine, los actores, las actrices y sus devaneos, a través de Imatges, una revista semanal. Fue en junio de 1930. Y fue su comienzo en el periodismo. Pero no su primer trabajo.

Irene tuvo dos hermanas menores.

Su madre enviudó pronto e Irene empezó a trabajar, desde muy joven, para mantener o ayudar a mantener a su familia. Trabajó como administrativa (3 años, según «L’infern gris de l’oficina», artículo publicado el 8 de octubre de 1933 en el diario L’Opinió, donde detalla, con conocimiento de causa, el «deshumanizador» ambiente de la oficina de una gran empresa). Días después, como introducción a una entrevista a un militante del Sindicato Mercantil, realizada antes de una huelga y publicada el último día de ese octubre del 33, bajo el título «Ara li toca al senyor Esteve», explica cómo fue despedida de su trabajo administrativo y por qué:

«Nosotros no hemos tenido como él [el señor Esteve], la magnífica cualidad de la audacia. Esa audacia que le ha permitido a él, exprimirnos, esa audacia que nos habría permitidos a nosotros, impedirlo».

También fue publicista, traductora y en algún momento empezó a colaborar, de forma esporádica y probablemente anónima, con revistas y periódicos, hasta que se dedicó por completo al periodismo.

Tenemos a una mujer de unos veintiún años, que desempeña una profesión masculina, el periodismo, que conoce las durezas de la vida y no se mantiene al margen de su época, ya que colabora —activamente, según Glòria Santa-Maria y Pilar Tur— en la creación de la Agrupación Profesional de Periodistas, de la cual será vicesecretaria.

En solo seis años, Irene se gana el prestigio —en un mundo masculino— y un nombre, a través de su trabajo en el diario L’Humanitat, el semanario La Rambla, y los diarios L’Opinió, L’Instant y Última Hora, entre otras cabeceras, antes de comenzar a desaparecer en las aguas de la historia.

Seis años en los que es testigo de uno de esos momentos privilegiados para una periodista: el cambio de la España monárquica a la republicana, la proclamación de la II República Española (el 14 de abril de 1931), la corta y convulsa vida de esta república, la proclamación de l’Estat Català y la prisión y el juicio del gobierno que la realiza, el regreso de la censura…

Sus primeros pasos en las redacciones, previsibles: artículos y reportajes en las páginas femeninas, culturales o del espectáculo (destino habitual de las pocas mujeres de la profesión). Su mirada sarcástica y su prosa cáustica despuntan entre las modas y las señoras que las llevan, detrás de las voces de las modistas —artífices y obreras de esas modas—, en su charla imaginaria con un Mefistófeles derrotado por la cirugía estética… (¿por qué será que recuerdo a Dorothy Parker cuando leo estos artículos «femeninos»?). Poco a poco se añaden temas como la pobreza, las viviendas sociales, el feminismo (la República proclamó el voto femenino en 1933)…

Los de Irene fueron tiempos de luchas sindicales y diatribas de facciones políticas, de anticlericalismo, de preguerra…

«En las blancas paredes de la ciudad de Ibiza, he visto, pintada con carbón, la esvástica del Führer…».(«Viatge al Paradís, Postals d’Eivissa II», L’Instant, 8 de mayo de 1935).

Irene llevaba la caza de la noticia en la sangre.

Los medios —en aquellos años, Barcelona tenía muchos, muchos más que otras grandes ciudades— le abrieron columnas entre las noticias de primera plana y ella informó sobre las huelgas, las vidas miserables de obreros y mineros, los conflictos de la inmigración, los políticos célebres, los personajes públicos, el ascenso del fascismo, los juicios políticos, las elecciones…

Irene taquigrafía, con habilidad de oficinista, reportajes y entrevistas ágiles, innovadores, valientes… No. La valiente es Irene. Pide bajar al fondo de las minas de potasa para hablar con los mineros en huelga, denuncia, investiga, encuentra noticias donde nadie las ve y arranca información a quien no quiere darla, señala peligros, propone, desafía.

Su estilo es dinámico, directo, cercano. En la primera persona del plural incluye, como explica en alguno de los primeros reportajes que firma, al fotógrafo. Y al medio, los lectores, la ciudad entera si hace falta. Es generosa con los diálogos, el lector participa de la conversación y su voz se confunde con la suya. Juega con descripciones escuetas, cuatro pinceladas, suficientes para que el público imagine un ambiente, una situación, unos protagonistas. Rastrea la noticia con paciencia, a pie de calle, se queda hasta el final de los eventos, apuesta por la ironía y el humor, un humor tuitero…

«¿Y los muertos, Madre de Dios, no han querido votar esta vez?» (La Rambla, 21 de noviembre de 1932)

Pero también escribe con una seca y fría tristeza, como la de su crónica del 7 de enero de 1935 en L’Instant, que relata el traslado a Madrid del President Lluís Companys y su gobierno para ser enjuiciados por la proclamación de l’Estat Català de la República Federal Española, en 1934, como respuesta, tras las elecciones de noviembre de 1933, al ascenso del fascismo en el gobierno de la República.

Irene avanza hacia la literatura.

Y el misterio

Algo ocurre en enero de 1936.

O antes. No se sabe qué (todavía). Irene lo deja todo (incluidas las próximas elecciones de febrero de 1936, claves por la situación que atraviesa la República y que la barrerá antes de seis meses), y acompaña a la gran actriz Margarida Xirgú en una gira por América.

Dicen que Irene se enamoró de Margarida. Dicen que la actriz se había quedado sin una persona clave de su equipo y la invitó. Dicen que Irene quería olvidar a una joven que conoció en Ibiza…

Por los artículos que relatan la cena de despedida de Irene Polo sabemos que sus compañeros de profesión (hombres, casi todos) la valoran —la consideran una auténtica reportera—, y que ella imagina aquel viaje como una experiencia, una aventura, la oportunidad de conocer mundo durante un par de años. No pretendía abandonar el periodismo. No quería dejar Barcelona.

Irene se embarca en el Orinoco con la compañía de Margarida Xirgú rumbo a Cuba. Desde Galicia, última escala en la Península, el 1 de febrero de 1936, realiza una última entrevista para Última Hora, solo dieciséis días antes de las elecciones que otorgarían el triunfo al Frente Popular, y solo cinco meses antes del levantamiento y el golpe de estado que dio inicio a la Guerra de España.

Y ya está.

No regresó. La Guerra de España y la posguerra franquista se llevaron su vida por delante (una más). Durante los tres años que duró la guerra, Irene viajó por Latinoamérica con la Xirgú, como asistente de la compañía, ocupándose de la organización, los viajes, los ensayos, los estrenos, la intendencia. Cuando la guerra terminó, Margarida se casó, disolvió la compañía y se instaló en Chile. Irene se quedó en Buenos Aires, adonde consiguió llevar a su madre y sus hermanas.

Irene es una exiliada.

Los datos de su vida en Argentina escasean. El misterio crece.

Colabora con el Casal Catalán de Buenos Aires y con su revista, Catalunya. Vuelve a traducir y a partir de enero de 1940 trabaja —intensamente, muchas horas, como quien tiene mucho que olvidar— como directora de publicidad en la perfumería de un empresario catalán.

En 1942 Irene se suicida.

Tenía 32 años. La Nación de Buenos Aires informa de su muerte el 4 de abril. En abril, en Buenos Aires, las tipas están quedándose sin hojas.

Irene está enterrada en el Cementerio de la Chacarita de Buenos Aires. No se sabe dónde. No hay lápida que la recuerde. Es el misterio final.

¿Las causas del suicidio?

Silencio, versiones… Misterio. Glòria Santa-Maria y Pilar Tur nos permiten conocer en La fascinació del periodisme parte de su correspondencia con el pintor Miquel Villà en 1941. Irene habla de depresión, de medicación, de exceso de trabajo… El mundo se había vuelto inasible.

El 22 de febrero de 1942, en Petrópolis (a unos 60 km de Río de Janeiro), Brasil, el escritor austríaco —judío— Stephan Zweig y Charlotte Elisabeth Altmann, su segunda mujer, se suicidan, convencidos del triunfo del nazismo en todo el mundo.

Zweig fue un prestigioso superventas en Europa durante la adolescencia y la juventud de Irene. Intelectual, novelista, ensayista, biógrafo y también periodista, activista social y pacifista, es imposible que, como autodidacta que amaba la lectura y la literatura, Irene no lo hubiera leído.

En 1934, Zweig se traslada a América (el nazismo prohíbe sus libros) y durante 1936 realiza una primera visita a Río de Janeiro y a Buenos Aires, con gran éxito de prensa y público. A principios de 1941, se instala en Brasil. El 18 de febrero de ese año, un submarino alemán hunde un barco brasileño. El 23, la casera encuentra muertos a Zweig y Charlotte.

¿Irene se relacionó con Zweig en y desde Buenos Aires?

La intelectualidad porteña, escritores y periodistas culturales, lo hicieron. En 1940, Zweig regresa a la Argentina, y además de Buenos Aires recorre otras ciudades, como Rosario. Da conferencias y es recibido por multitudes en las librerías. Zweig habla español. Y muchas librerías, en aquellos años, en Argentina (y en toda Latinoamérica), tienen por propietarios a republicanos españoles.

Irene ha conocido y tratado, personalmente, a Zweig.

Tiene que haberlo hecho. Porque ella no espera. Busca, investiga, descubre. Y porque su situación, la de Zweig y la del mundo era la que era, cuesta creer lo contrario. Irene menciona el suicidio de Zweig en una de sus últimas cartas a Villà y lo relaciona con lo que vivían los exiliados en América y con la Guerra contra Alemania. Y lo hace como si ambos conocieran a Zweig.

El Cono Sur miraba hacia la Alemania triunfante con demasiadas simpatías. En Argentina, el Colegio Militar de la Nación cambia el paso de desfile para adaptarlo al paso de ganso de los nacionalsocialistas (de hecho, ni Argentina ni Chile rompen relaciones con el Eje durante la reunión del 28 de enero de 1942, en Río de Janeiro, en la que todas los estados latinoamericanos sí lo hacen, a instancias de EE. UU. Argentina lo hará, también a instancia de EE. UU., a principio de la década de los 90 del siglo XX).

Las tipas de Buenos Aires no florecían entonces para las ideas y las mujeres progresistas.

Irene se siente sola.

Desarraigada. Lo sé porque conozco el desarraigo y porque aquí empiezo a escribir como a veces lo hacía ella. Aprovechando sus propias vivencias, su experiencia. Rellenando agujeros con lo que tiene a mano, una descripción, una sensación, una anécdota, un recuerdo, un making-off

Buenos Aires no es buen lugar para la izquierda en los años 40 del siglo XX. Irene ama a las mujeres y no son buenos tiempos para las mujeres que aman a mujeres. Irene conoce la suerte de sus amigos y conocidos en Barcelona y España y teme por los exiliados que están en Argentina, en toda Latinoamérica, si el nazismo gana la guerra. Irene está atrapada en un exilio no elegido. Probablemente está viva por eso, sí, pero ¡qué vida! No ha podido prepararse, ni mental ni anímicamente, para soportar el desarraigo. Se lo ha encontrado en el titular de un periódico. En una noticia de la radio. En una carta. Sin aviso. España no era un lugar tranquilo cuando la dejó, pero no había pasado una guerra. La guerra que Irene no vivió y que destrozó su mundo. E inmediatamente después, vuelve a ser testigo de otra guerra, que tampoco vive, y que amenaza terminar con todo.

Irene es una reportera de primera línea. Y ha vivido dos guerras a distancia.

Posiblemente nunca lleguemos a conocer las causas del suicidio. Tal vez aparezcan nuevos documentos. Quizás alguien hable. O recuerde… Pero sin poder regresar ni ejercer su vocación, sin los lugares amados, con las sombras de los totalitarismos cubriéndolo todo, tras haber conocido un mundo libre, a veces, es difícil continuar.

Solo seis años e Irene salió del anonimato hasta convertirse en «Miss Opinió», como la llamaban con sorna sindicalistas y anarquistas que no se sentían cómodos con sus artículos. Seis años más de distancia, soledad y dolor (y dos guerras), la silenciaron.

En Barcelona, las tipas originarias de América del Sur ya no florecen en octubre, como en Buenos Aires. Florecen en mayo. Sus flores visten de amarillo los Jardines de Irene Polo hasta finales junio. Se han adaptado bien.

© Hebe Prado

(Las citas corresponden al libro Irene Polo. La fascinació del Periodisme. Cróniques 1930-1936. La traducción es mía).

La fascinació del periodisme. Irene Polo. Los jardines de Irene Polo, Hebe Prado

Irene Polo. La Fascinació del Periodisme (Cróniques 1930-1936), Quaderns Crema. Edición de Glòria Santa-Maria y Pilar Tur.

En la portada, Irene Polo y Buster Keaton, durante el viaje que realizaron a Sitges. En aquel viaje, la periodista entrevistó al actor estadounidense para la revista semanal Imatges. La entrevista fue publicada el 3 de septiembre de 1931.

El Paral·lel hacia 1905. (Wikipedia MCMV). Los jardines de Irene Polo, Hebe Prado

La Avinguda del Paral·lel de Barcelona, hacia 1905. El Paralelo era la avenida de los bares, teatros y music halls de la ciudad, a finales del siglo XIX y comienzos del XX. A la derecha, fuera ya de la fotografía, estaba (está) el barrio del Poble Sec, donde creció Irene Polo.

By |2018-09-23T23:37:40+00:0018/08/2018|Categories: Bitácora de Diomedea, Libros que leo|Tags: , |0 Comments

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Placer, formación, oficio, necesidad vital... Vivo entre palabras.

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